767 RY, Fuego Descendente, Día 23
En un oscuro pueblo de Alom-Vilag, cae la noche alrededor de una villa desusadamente grande para estar tan lejos de una ciudad más grande.
Rodeados de alfombras que valen los impuestos anuales de más de una aldea de campesinos, oro y jade como para comprar una ciudad, perfumados por el incienso traído de dos tercios de Creación hacia el oeste, los tres hombres vestidos con seda que, literalmente, fue tejida con lágrimas de doncellas viendo su vida arrancada minuto a minuto, se miraron, y asintieron.
El asunto era propicio y debía hacerse.
- Traigan a un mensajero. Uno rápido y discreto.
Día 24
La carreta era pesada, lenta e incómoda. Y con barrotes. Y olía mal. Marna-Dil acunaba a su hija. Le cantaba de su tierra, de sus ancestros, de los fuegos sin flama, de las colinas rosadas a la luz del atardecer. Desesperada, inventaba historias.
Cualquier cosa para que la pequeña no pensara que estaban en un convoy de esclavistas. Y, que por los pedacitos de conversación que escuchaba de los mercenarios que los custodiaban, eran el pago de algo a alguien. O a Dinastas...o peor.
A los demonios del Campamento de la Rosa de Cobre, los Devoradores de Aliento, los Robasueños.
Día 26
Los iba siguiendo desde hace tres días. No resaltaban entre la multitud, eran discretos, usaban ropa raída, pero siempre cubriéndoles el rostro: Velos, capuchas, sombreros de ala ancha. Nada que resalte entre la gente que vivía en los barrios al sur de la Ciudad Nueva, yendo y viniendo hacia las rutas que van al desierto profundo.
Los reconocía en sus saludos, en sus gestos, en su habla susurrada. Los seguidores del Ojo Ciego en la Oscuridad. Ya eran viejos conocidos, aunque es la primera vez que los seguía hasta tan al norte hasta Chiaroscuro. Se rumoreaba que un Anathema los mantenía a raya por estos lugares, pero estos eran suyos.
Ningún otro niño va a ser desangrado.
Día 27
Címbalos, flautas, gritos de agonía, notas tejidas con la cadencia de las pesadillas , el ritmo de los sueños de los niños que nunca tuvieron miedo y del dolor joven de verlos arrancados de raíz.
Una mujer con rasgos de pantera y un gigante de bronce discuten acaloradamente, mientras sueños, imágenes y ejércitos enteros se levantan al ritmo de sus palabras para chocar en estallidos multicolores y cacofónicos.
La reina de todo ello languidecía en su pabellón tejido con suspiros de madres al descubrir que sus hijos se fueron con hebras de atardeceres perdidos.
Hasta que un pequeño basilisco con todos los colores de las gemas resplandecientes al mediodía le susurró: 'Quieren negociar, Señora. Dos carretas de jóvenes. Mañana, en la Puerta del Eterno Rencor'.
Día 28
Siempre es duro el trabajo al sol.
Más duro es la vida de esclavo, sin embargo.
Jagar trabajaba sin quejarse, sin un suspiro, sin inmutarse, sin hacer caso de los rumores de Anathemas en la ciudad.
El había conocido el aguijón del látigo del Amo, el vacío en el pecho de ver su familia desgarrada, el peso de las cadenas al cuello.
Todo eso se acabó en Chiaroscuro.
Armó su puesto de pinchos de comida (algunas, de 'carne') mientras contemplaba admirado las torres de la Ciudad Vieja. Jamás había estado en esta parte de la metrópoli.
Bueno, se dijo a sí mismo. Hoy es el Duelo por el cumpleaños de uno de los nietos del Tri-Khan. A ver que tal es ese Príncipe Bárbaro de la Flama Pálida...
Una pena el gris. Hariquina siempre le había parecido la más hermosa de las hijas de Bilshek. Claro, el sólo podía soñar con ella, el ni siquiera era sobrino de un Kho-Khan. Aunque era fuerte, rápido y diestro. Tanto como para estar entre los Jaghun de la Banda de Bilshek, la guardia del Tri Kan. Y cerca de ella.
Aunque sólo sea para entregarle un regalo del lejano norte. Pesado y grande, por cierto. Como un firewand.
Mientras se preguntaba que sería, el aguerrido Delzahn tuvo que detenerse un minuto a recobrar la compostura antes de presentarse ante su superior, y también, la mujer que amaba, por más que ella haya elegido no serlo.
Lástima el gris.
Siempre tarde, siempre.
Nunca a tiempo de salvar a nadie. Siempre le traían los moribundos, los incurables, o directamente, los muertos...
Mientras examinaba el cuerpo del decrépito embajador de Gem, el anciano médico se maravillaba de que alguien de esa posición estuviese comiendo uno de esos brochettes de 'carne'.
Aún así, estaba claramente muerto por veneno. Serpiente dorada, o a lo mejor acónito de las arenas, no lo sabía.
Tampoco importaba. Iba a tener que inventar algo muy rápido: Gem no se iba a tomar bien que se envenene a uno de sus nobles en medio de una fiesta del Tri Khan.
Jamás a tiempo...
Arrullos nerviosos, abrazos entre brazos que tiemblan de miedo, colchas encima de la cabeza a pesar del tórrido final del verano.
Rumores de demonios en los campos, gritos de miedo.
Pilares de luz robada de los cielos, Anathemas en el horizonte, Dragones Inmaculados marchando para detener a los Impíos.
Todo va a estar bien, canta la madre, mientras trata de olvidar los pilares de luz en el horizonte...
Calibración, Día I.
Ya no importaban las leyendas. No importa la tierra lejana, no importan los horrores que pasó su familia.
Sólo recuerda que, aun con luz robada de los cielos, alguien se interpuso entre los Robasueños y ellos. Alguien los liberó.
No importaba si eran o no Anathemas, Impíos o Demonios que se hicieron con el poder de los dioses. Los salvaron.
Marna-Dil encaminó sus pasos tras los caballos y la carreta que llevaba al que se sacrificó por ellos (o eso creía. Esa parte la recordaba poco), hacia Chiaroscuro.
Ya no estaban solos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario