Calibración, día 5
Miró, la vista cansada, la piel húmeda por el calor, los labios sedientos por el vino deleznable de las provincias, las mejillas cuarteadas por la sal de su viaje y el puerto, por encima de su palco, y los vió.
Nada impresionante, sus adversarios. Dos albinos, un ribereño con ropas más caras de las que valía,acaso una compatriota rapada, una mujer de Varang.
Sin esperar a que la ceremonia termine, porque para eso estaba su prima, se alejó.
Nada que valga la pena quedarse.
Nada impresionante, sus adversarios. Dos albinos, un ribereño con ropas más caras de las que valía,acaso una compatriota rapada, una mujer de Varang.
Sin esperar a que la ceremonia termine, porque para eso estaba su prima, se alejó.
Nada que valga la pena quedarse.
Están aquí, dijo.
Finalmente, después de tantos años, la promesa se cumple. La nueva era de luz estaba cerca.
Los Brillantes están aquí.
Finalmente, después de tantos años, la promesa se cumple. La nueva era de luz estaba cerca.
Los Brillantes están aquí.
Justamente hoy, que tenía planes, un par de carreras interesantes, y, obviamente, visitas de algún debilucho que caga jade del reino, un asesino.
Lo iban a escuchar. No puede ser que no le manden un solo teniente que sirva para algo, y encima, en uno de los edificios del Khanato.
Inútiles, estaba rodeado de inútiles, pensó, mientras vociferaba, acercándose a la base del edificio con la patrulla de relevo, que temblaba ante la presencia de un aziderat, y no un simple sargento, entre sus filas.
Lo iban a escuchar. No puede ser que no le manden un solo teniente que sirva para algo, y encima, en uno de los edificios del Khanato.
Inútiles, estaba rodeado de inútiles, pensó, mientras vociferaba, acercándose a la base del edificio con la patrulla de relevo, que temblaba ante la presencia de un aziderat, y no un simple sargento, entre sus filas.
Corrió, como nunca en su vida, mientras dejaba atrás su puesto de ventas con las magras chucherías que había obtenido en su última, y dantesca, expedición a una vieja torre que se suponía maldita, cerca del lago dorado.
Toda su vida había querido ver algo así. Se había quemado la vista aprendiendo dialectos olvidados de Antiguo Reino, buscando altares olvidados a Vanileth, soñando con los antiguos artilugios de una época terrible de reyes demonio que habían robado el poder al sol y las estrellas.
Y finalmente lo vio.
Una línea de bronces, naranjas, corales y amarillos hendía el cielo límpido hacia el sur.
Una alfombra ardía con llamas que no la quemaban, de colores imposibles, mientras que un...¿Anathema?¿Faerie? miraba en su cúspide.
Tomó su destartalado aparato que le permitía ver a lo lejos, su más preciado tesoro, y lo apuntó hacia la alfombra.
Alcanzó a distinguir cinco pequeñas flamas danzando alrededor de un hombre que brillaba en tonos de dorado, y, a un gesto de comando, salir disparadas hacia...hacia un grupo de infortunados, en el suelo.No escuchaba los gritos de horror de la gente, los vítores de los niños, la turba que clamaba contra la subversión del orden natural, al grito de 'fae' y 'anathema'. Sólo cayo de rodillas, llorando como un niño. Lo encontraron a la noche siguiente, sin vida, y con una sonrisa eterna en sus labios.
Toda su vida había querido ver algo así. Se había quemado la vista aprendiendo dialectos olvidados de Antiguo Reino, buscando altares olvidados a Vanileth, soñando con los antiguos artilugios de una época terrible de reyes demonio que habían robado el poder al sol y las estrellas.
Y finalmente lo vio.
Una línea de bronces, naranjas, corales y amarillos hendía el cielo límpido hacia el sur.
Una alfombra ardía con llamas que no la quemaban, de colores imposibles, mientras que un...¿Anathema?¿Faerie? miraba en su cúspide.
Tomó su destartalado aparato que le permitía ver a lo lejos, su más preciado tesoro, y lo apuntó hacia la alfombra.
Alcanzó a distinguir cinco pequeñas flamas danzando alrededor de un hombre que brillaba en tonos de dorado, y, a un gesto de comando, salir disparadas hacia...hacia un grupo de infortunados, en el suelo.No escuchaba los gritos de horror de la gente, los vítores de los niños, la turba que clamaba contra la subversión del orden natural, al grito de 'fae' y 'anathema'. Sólo cayo de rodillas, llorando como un niño. Lo encontraron a la noche siguiente, sin vida, y con una sonrisa eterna en sus labios.
La vida de vida de Mae Yuest, después de enterrar a su tercer marido había ido mal. Sus hijos y sobrinos estaban acomodados, lejos de ella, y si bien no necesitaba mucho para vivir de su huerto, mucha gente dependía de ella, el dinero era escaso, y las compras complicadas.
Pero todo eso quedó en el olvido. Los sei...cinco extranjeros fueron muy generosos. Demasiado, diría. No importaba. Mae era cuidadosa, tranquila, y paciente.
Esperaría que pase el tumulto. Tranquila, como el agua del arroyuelo cerca de su huerta,ya sabría que hacer con la pequeña fortuna que le había caído del cielo.
Pero todo eso quedó en el olvido. Los sei...cinco extranjeros fueron muy generosos. Demasiado, diría. No importaba. Mae era cuidadosa, tranquila, y paciente.
Esperaría que pase el tumulto. Tranquila, como el agua del arroyuelo cerca de su huerta,ya sabría que hacer con la pequeña fortuna que le había caído del cielo.
Por fin su hermano estaría orgulloso de él. No más mendigar comida,se acabó correr a lo largo de calles húmedas levantando apuestas. Se había convertido en un joven robusto, fuerte, y con un buen ojo para detectar problemas. Su tío le dijo que tendría un buen lugar con sus asociados en la Hermandad,y antes de fin de mes estaba en la puerta de un almacén cercano a su casa.
Su instinto le dijo que un albino cruzando la calle decididamente hacia donde estaban era algo malo.
Debería haberles hecho caso.
Su instinto le dijo que un albino cruzando la calle decididamente hacia donde estaban era algo malo.
Debería haberles hecho caso.
No lo encontraba, a pesar de que dijeron que la iban a ayudar. Un almacén de los hermnos había ardido, una parte de Nueva Chiaroscuro retumbaba con el tumulto, se oían gritos en las calles.
Y su hijo no aparecía.
Más tarde, uno de los sobrinos de Mae Yuest le trajo las noticias.
No tenía lengua para lamentarse, no tenía lágrimas para llorar.
Y su hijo no aparecía.
Más tarde, uno de los sobrinos de Mae Yuest le trajo las noticias.
No tenía lengua para lamentarse, no tenía lágrimas para llorar.
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